domingo, junio 07, 2009

sábado, junio 06, 2009







TALLER DE LA PALABRA - SALTO 2009

El diálogo en la vida cotidiana y el arte.

El uso cotidiano de la palabra está tan naturalizado que difícilmente puede alejarse y observarse como un objeto de estudio digno de análisis y reflexión, para hacer de la comunicación un instrumento más expresivo, rico y eficaz.

El taller se centró en el diálogo y sus múltiples manifestaciones en la vida cotidiana y el arte.

El taller partió de una observación de la postura particular que cada uno adopta en los diversos contextos y situaciones comunicativas, para generar luego una reflexión y una postura crítico-constructiva con respecto al tema, haciendo hincapié en su rol fundamental en la tarea educativa diaria.

Una vez que se logró objetivizar y problematizar la temática a partir de la vida cotidiana, se incursionó en su potencial artístico y expresivo, viendo su aplicación en la narración y el texto dramático.

PRODUCCIONES ESCRITAS DE LOS TALLERISTAS

DESCRIPCIÓN DE UNA RUTINA
(A PARTIR DE LA CANCIÓN DE RUBEN BLADES: GDBD)

Lunes, 10 de la noche. Hora de volver a casa. Hace un par de horas que quiero estar en casa. Me despido. Abro la puerta que da a la calle. Frío. Ahora me acuerdo de mi abuela, la abuela siempre jode con el abrigo. La abuela siempre jode. El Ta - Ta se va apagando. ¿La llave de la moto? La tenía por acá. No la encuentro. Abro la puerta pero no entro. Acá está la llave. Es una especie de juego entre la llave y yo. No me hace ninguna gracia. El Ta - Ta cerró. Tenía que llevar pañales. Dudo tres segundos. Desisto. El asiento de la moto está mojado, le paso la mano, no soluciono mucho. Saco la traba. Le doy una patada al pedal de arranque. Nada. Otra, y nada. Puteo. Vuelvo a intentar. Vuelvo a putear. Pienso en pegarle, tirarla, la insulto. No tengo respuesta. Esta fría indiferencia me devuelve la razón. Observo. La bujía está conectada. La nafta... Hoy no le puse Nafta. Siempre dejo para ponerle después. El frío se fue. O eso me parece. Guardo la moto y me voy a pie. No, no puedo. ¿Mañana en qué vengo? ¿Y si la preciso durante la noche? Tengo que ponerle combustible. Se me cruzan dosciontes "Si hubiera..." No hube. Busco la plata. ¿Tengo plata? Los últimos veinte. Zorrilla me mira con su cara de menos de un litro. Cuelgo el caso. Guardo la llave y me largo a caminar. Son tres cuadras en subida. Pienso en cuánta gente en este momento va empujando la moto hacia una estación de servicio. ¿En el mundo? Pocos. Muy pocos.
PERICO


Llego al trabajo,
vetusta institución con caras nuevas.
Los niños, ellos sí, traen a rastras cosas buenas
interpelando nuestro diario trajinar.
Un grupo sale, otro se queda.
Los más pequeños se resisten a la siesta.
Con baño tibio, cuentos de hadas, a conciencia
llegamos ya al nivel de la merienda,
hito en la tarde tan soleada.
Es una fiesta, antes del rito acelerado de la vuelta de la escuela,
que arrasa el tiempo entre el bullir de voces frescas.
El horizonte tienen al sol en su garganta, y sólo entonces,
vuelvo a mi casa,
ambiente en pausa desde la mañana:
familia, perro, aromas, sombras, brisas, fuegos,
aguas, comida, abrigo, basura, plantas.
Hay un remanso de lavandas
y un sofá.
Con el control de la TV busco sorpresas,
en los canales no hay más que telenovelas
en las que el adagio de Cortázar mal se recrea
“apenas él le amalaba el noema
a ella se le agolpaba el clémiso
y caían en hidromurias, en salvajes ambonios,
en sustalos exasperanes...”

Pero no pienso esperar la “sobrehumítica agopausa”
son consabidas las consecuencias y sus causas,
mejor apago la pantalla,
dejo la alarma en una hora inadecuada
y a dormir...

IRIS PORTILLO