jueves, octubre 23, 2008

CACHIRULO Y BARTOLO (DE RICHARD)

Los fríos escalones que conducían a la pensión, testigos de tantas llegadas de juergas y festicholas, ahora presenciaban una escena totalmente diferente.
Es que por fin Doña Serena había dicho: “¡Basta! Me cansé”, y encaró a Cachirulo cuando llegaba al inquilinato.
Le arrojó sus pocas cosas y le dijo: “¡Fuera!, ahora mismo, no lo aguanto más.”
Cachirulo intentó reaccionar, esbozó mil excusas, pero Serena no lo dejaba hablar diciéndole:
- Hace meses que no me paga, abusa del teléfono, viene a cualquier hora, no respeta reglas ni a nadie, si hasta le llevó la carga a la pobre Amanda, que recién vino del pueblo. Inocente niña. Usted es un ladino y no lo quiero más aquí.

Cachirulo le dijo:
- Pero doña Serena, usted sabe que no tengo a donde ir y estoy sin trabajo.

- Como siempre, pero sino busca no encuentra, le replicó Serena.

- Pero la gente de la pensión es mi familia, usted no puede…

Doña Serena sabía que si seguía la charla, ella cedería, por lo que cortó la conversación:

- Ya hablamos, cuando consiga el dinero puede volver, antes no. Así que ¡adiós!

Cachirulo tomó sus cosas y salió lentamente. Ahora se encontraba sentado a los pies de la escalera, pensativo. El mundo estaba ausente para él, sus ojos en el vacío.
No era la primera dificultad que atravesaba. Su vida no había sencilla. Desde la temprana pérdida de sus padres, la vida se le había hecho cuesta arriba. De todos modos siempre le puso buena cara. Se había convertido en un hombre de la noche, un buscador. La misma noche y su gente le habían enseñando mil artimañas para sobrevivir,
Pero en realidad el era un buen tipo, amigo de sus amigos, nunca dejó tirado a nadie. Pero ahora ¿alguien le tiraría una soga a él?
Pensó que tal vez la colorada su antigua novia, lo ayudaría, pero… recordó que se había casado hacía dos años, así repaso cada uno de sus viejos compañeros y nada, sus amores del pasado y nada, nadie a quien recurrir. Se sintió vacío y solo.
Fue ahí que tomo la decisión, se sintió cansado, la vida siempre fue una lucha y se canso de pelear, para qué seguir, para quién seguir.
Se incorporó, dejó su bolso, miró atrás, vio la puerta de la pensión en lo alto de la escalera y él a sus pies. Se sintió más sumergido que nunca.
Emprendió el camino, iba a la deriva, sin rumbo fijo. Luego de unas horas se encontró junto a las viejas vías del ferrocarril.
Ya había pensado en el qué, ahora había encontrado el cómo.
Se sentó a la sombra de un árbol cercano, al rato escucho un ruido potente que se acercaba, sin duda era un tren.
Cachirulo se levantó. La tarde ya estaba muriendo, el sonido era más y más fuerte. El maquinista hacía sonar el silbato en un ritmo firme, la cabeza de Cachirulo daba vueltas. El desenlace era inminente, ya no importaría ni la soledad ni el desamor, todo sería nada.
Se acercó a las vías, los rieles parecían vibrar ante la imponente presencia del tren, ya la locomotora se encontraba a unos cincuenta metros de Cachirulo.
Un frío sudor recorría sus mejillas, se paró sobre un durmiente de las vías. El maquinista hacía sonar el silbato con insistencia, un dejo de angustia parecía percibirse en el sonido de la locomotora.
Cachirulo cerró los ojos, ya estaba decidido, el tren avanzaba irremediablemente. Diez metros lo separaban del hombre.
En ese instante Cachirulo fue barrido de las vías del tren., El golpe había sido fuerte, rudo… pero si fue el tren…¿cómo era posible que estuviera pensando en eso?
Fue ahí que escuchó una voz desconocida que le decía:

- Ey, amigo, si quiere matarse, ¿ por qué no lo hace solo? ¿No pensó en el pobre maquinista y en la gente del tren? No sé qué le pasa o qué hizo, pero sin duda no es tan malo como lo que estaba por hacer.

Cachirulo no salía de su asombro, se quedó pensando en el valor de ese hombre, que sin conocerlo arriesgó su vida por la de él y la de los pasajeros.

- Si tie.. tiene razón soy un animal, perdóneme. Gracias, le dijo Cachirulo aún confundido.

- Ahora ya está, no pasó nada, vamos, venga conmigo, vivo acá cerca, vamos a tomar algo y a conversar.

Cachirulo como si fuera una marioneta siguió al desconocido, de momento olvidó su intento anterior. El camino lo hicieron casi en silencio.
Al llegar, un perro flaco y negro salió a su encuentro, saltando y moviendo la cola. Cachirulo pensó que ese hombre, solo con eso ya era más rico que él.
Entraron, el hombre tomó una botella de vino y sirvió dos vasos, extendiendo uno hacia Cachirulo mientras decía:
- Me llamo Bartolo.
Y señalando al perro dijo:
- Este es Pascual, es mi amigo y lo único que me queda, me lo encontré un día en que se me pasaron cosas como a usted hoy. Fue su amistad la que me ayudó a enfrentar la vida…
La charla continuó por horas, rieron, lloraron, se emborracharon, cantaron, volvieron a llorar y por fin se durmieron sentados.
Al despertar Cachirulo no se sintió feliz, pero sí más fuerte, menos solo, la vida era tan difícil como antes, pero también tan bella como no la recordaba hacía mucho. Y se sintió bien por tener una nueva oportunidad.
Miró a su lado, buscó a quien le debía esa nueva chance, pero no vio a nadie, no había hombre, no había vaso, ni perro.
¿Lo habría habido, o solo fue un sueño? Dudó un momento, pensó, sonrío y se dijo:
- Da igual, el resultado es estar vivo.

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